
INTRODUCCIÓN:
La inquietud del tiempo actual.
Hermanos míos, hijos de la misma esperanza y peregrinos en esta Ciudad de Dios que camina entre las sombras del siglo: os ruego que hagáis silencio en el tumultuoso espacio de vuestras mentes. Deteneos. Escuchad el latido del tiempo. Nos hemos encontrado hoy no para narrar fábulas de hombres perfectos ni para deleitarnos en la vana erudición de las fechas que se devoran a sí mismas y que creemos que un día devorarán al mundo. Nos hemos reunido para contemplar un misterio que cada uno de nosotros puede enfrentar en su propia existencia al momento de sentir el llamado de Dios:
¿Cómo es que Dios escribe su santidad en los renglones torcidos de nuestras mayores ruinas?
Mirad el mundo. Decimos con ligereza: "Los tiempos son malos”, “los tiempos son difíciles”, “son los tiempos finales”, “son tiempos apocalípticos". Pero ¿qué es el tiempo sino lo que nosotros mismos somos? Nada. Para Dios mil años es un día y un día es mil años.
Como somos nosotros, así son los tiempos. No os engañéis: la Iglesia no florece en el jardín de la comodidad. El alma humana es perezosa cuando el viento es propicio; se adormece en el bienestar y se olvida de su Creador con una facilidad extraordinaria. Por eso, el Médico Divino, que conoce el fondo de nuestra enfermedad, permite las tribulaciones, y no precisamente porque sea nuestro destino, porque el destino de cada uno de nosotros no está escrito ni establecido ni predeterminado, sea va forjando con cada una de nuestras decisiones, a lo largo de nuestra existencia.
Os propongo un viaje a través de tres grandes tempestades en la historia de la iglesia. Veréis cómo, cada vez que la barca de Pedro pareció zozobrar en la tormenta del error, de la opulencia o de la división, la Gracia Divina no envió legiones de ángeles armados desde el cielo, sino algo más poderoso: envió SANTOS.
Hombres y mujeres de carne y hueso, débiles como vosotros y como yo, pero encendidos por el fuego de la Caridad.
Pasemos hacia atrás las páginas del libro de la historia eclesial para comenzar nuestro recorrido. No veamos los hechos como simples acontecimientos de cada siglo; veámoslos como partos dolorosos del Espíritu Santo, dando a luz a los guerreros, llamados por Dios, para pelear la batalla de cada tiempo.
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